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Daniel Adrián Madeiro


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ORIGEN Y DESARROLLO DE UNA FALACIA

Fue algo que surgió de manera abrupta.
A Sebastián se le ocurrió pensar: "¿Hasta dónde llegaría?"
Planeó puntualmente sus palabras; calculó las preguntas y preparó las respuestas más sólidas, incluso avaladas con nombre y apellido de sus fuentes. No había dejado cabos sueltos.
Antes de seguir, es importante señalar, para tener una noción más acabada del tiempo que transcurrió entre el nacimiento de su idea y los hechos acaecidos posteriormente, que era alrededor del tres de febrero; mes este en el que, casualmente, los termómetros marcaron la mayor temperatura de los últimos diez años. Desde ya, nada tuvo que ver el calor en esto, aunque fue un verano muy caliente; lo digo en el sentido más amplio de la expresión.
Durante esos días de la gestación, Sebastián pensó: "Tengo que aguardar el momento justo". Así, todo quedo subordinado a la espera del ansiado instante en el que los compañeros del trabajo comenzaran a hablar de política.
Parece fácil, pero en realidad no lo era. En esa oficina, rara vez se tocaba el tema. No porque no pasaran cosas que movieran al debate, sino porque el reglamento de personal y la tenaz supervisión de los jefes así lo aconsejaban.
Pero aún el más fiel custodio del orden señalado por la empresa, el propio jefe de personal, el señor Iguña, seguramente en un descuido, pues jamás lo había hecho, un día comentó: "Un dólar equivale a veinticinco billetes de uno. Este gobierno está tomando un rumbo catastrófico!"
Fue suficiente. Tal como yo mismo lo he considerado siempre, de igual modo lo consideraban ellos, y todos a un mismo tiempo se dijeron para sí: "El ejemplo debe venir de arriba hacia abajo, ¿no es verdad?". Y en este punto comenzaron a debatir: que si el presidente actuaba bien; que si su proceder no sería el resultado de malos consejos de sus asesores; que si no habría comprometido su autonomía en las decisiones como fruto de reiteradas gestiones en el exterior; y más cosas como estas.
Por supuesto, ya todos sabemos, a esta altura, que hay por lo menos dos circunstancias que se pueden establecer, incluso sin mi intervención. La primera, que la oficina se dividió en dos bandos: uno que sostenía que el presidente actuaba de la mejor manera que podía frente a la coyuntura imperante, y otro que refutaba al anterior afirmando que eran los grandes empresarios quienes en verdad manejaban la economía del país. El primero era el bando encabezado por Comoglio, auxiliar de contaduría, con cinco años de antigüedad en la firma; y el segundo el del subjefe de cobranzas, el pelirrojo Maone, con doce años en la compañía y que, apoyado por el peso de su situación jerárquica, recaudaba la mayor cantidad de adherentes.
El otro detalle que ya todos imaginamos, es que Sebastián estaba allí. No había tomado posición por ningún bando. Su actitud frente al debate, advertida por muchos y que luego de sus palabras cobrara mayor fundamento sobre éstos, denotaba un conocimiento del asunto que lo ubicaba por encima de los demás. Su método de trabajo le aconsejó escuchar detenidamente a las partes para luego, al advertir el primer silencio producido, afirmar:"¿Sabían que el presidente va a resignar su cargo?"
Todos de quedaron estupefactos. Cada cual en su interior se preguntaba: "¿Hablará en serio?"
Hubo un largo paréntesis, hasta que Cavolina preguntó: "¿Estás seguro?, ¿de dónde lo sacaste?"
"¡Ojo, muchachos!, se los comento a ustedes, pero guarden absoluta reserva. No me gustaría verme comprometido". Respondió cauteloso y agregó: "Segurísimo. Es la pura verdad. El padre de mi novia trabaja en el palacio y allí hasta las piedras saben lo que pasa".
"Pero, ¿por qué? ¿qué pasó?". Insistió Cavolina.
"Ya no se puede manejar más la torta". Prosiguió Sebastián. "El primer ministro, el doctor Ozafrán, comprometió toda su política económica al gusto y la voluntad de los exportadores. No tiene salida y el presidente tampoco. Ustedes mismos habrán escuchado su último discurso donde reafirmó al doctor Ozafrán como su mano derecha y amigo dilecto. Ahora no puede desdecirse. El también quedó pegado".
Los que aún permanecían sentados comenzaron a pararse y se acercaron al grupo que se había formado.
El señor Maone, más preocupado por el interés que las palabras de Sebastián habían producido sobre el personal que por las palabras mismas, intentó desvirtuarlo diciendo: "Esto me parece más bien un chisme, que yo no tomaría en serio".
"Señor Maone". Contestó Sebastián. "Está muy bien ser escéptico. Yo tampoco me creo todo lo que se anda diciendo por ahí. Pero no solo me lo comentó el padre de mi novia, que al fin y al cabo es solo parte del personal de seguridad; mi tío, el de Azul, del que siempre les hablo, también me lo dijo. Y el lo conoce de mejor fuente porque es primo del secretario de difusión, Ernesto Rosales, que todos sabemos que nació en Azul, y que cada dos por tres va por allí. El mismo se lo comentó y, por supuesto, con mayores detalles. Por otro lado, sólo se trata de ir uniendo líneas: el dólar está incontrolable; el presidente se reúne casi todos los días con algún empresario; el Tesoro, todos los meses emite dinero; y , aunque la gente no se queja, los que saben advierten que hay un mar de fondo bajo todo esto".
La firmeza y la seguridad con las que Sebastián detalló su estudiado libreto, arrojaron sobre los presentes, digamos sobre la mayoría de ellos, un sabor amargo en relación al futuro y un dejo de tristeza. Por otro lado también despertaron la soberbia de sentirse portadores de un conocimiento sobre los sucesos gubernamentales , a los que la mayoría de la población no tiene acceso. Todos guardaron en su rincón más íntimo estas sensaciones que, como consecuencia de un descuido del jefe de personal, ese día les había deparado.
La vanidad no tardó demasiado en cumplir la parte que le corresponde. Cada uno en su intrascendente soledad sintió la necesidad de lanzar a la calle el sorprendente secreto. Camoglio, Maone, Cavolina y los otros, se sintieron miembros de una logia, recién surgida en el interior de una oficina, con entrada a un mundo oculto a las muchedumbres. Como suele suceder en estos casos, aderezaron lo expresado por Sebastián incorporando más detalles, nombres de reserva para los incrédulos, supuestos documentos y, en fin, todos aquellos recursos tan comunes en la gente que quiere abandonar el anonimato desprendiéndose del sentido común.
Esa noche cada hogar tenía las características propias de su voz homónima, en el sentido que era el espacio en el que ardían las primeras brasas de aquella ardiente invención de Sebastián.
El caso más notorio, porque en verdad se sentía muy apesadumbrado por lo que había escuchado, aunque esto no medró un ápice su incontenible orgullo de saber algo que ni por azar sospechaba falso, fue el de Zorrilla. Desde la llegada a su casa, a las siete de la tarde, hasta la hora de dormir -esa noche se acostó como a las dos y cuarto- no cesó un solo instante de relatarle a su familia -Margarita, su mujer, Lucas, Mariela y Vicente, sus hijos- los pormenores de lo que, según sus propias palabras, "un señor del gobierno que va con frecuencia a la empresa", (un poco para fanfarronear y otro porque Sebastián había solicitado que reservaran pronunciar su nombre), le había asegurado a él mismo, en persona, en relación a la grave situación que enfrentaba el presidente.
Margarita no salía de su asombro y de su orgullo de esposa de un hombre que habla con gente del gobierno. Los hijos también se sorprendieron, pero el programa de rock en la televisión los alejó rápidamente de las altas esferas, por lo que descartó que hayan tenido alguna relación en la propagación del tema.
Pero esa noche ninguno pudo dormir sin sobresaltos.
En líneas generales, cada casa revistió características similares a la de Zorrilla.
Lo expuesto hasta aquí no es más que el sucinto relato de lo sucedido en el ámbito privado de aquella oficina y de los hogares de sus respetuosos y fieles empleados. Llega ahora el momento de reseñar cómo aquella ingeniosa mentira de Sebastián, tejió sus redes por las calles de la ciudad, angustiando vivamente a ricos, pobres y clase media; asolando la credulidad de unos y despertando la voracidad de otros.
Con el correr de los días, las distintas formas que tomó la noticia, mutación propia de todo episodio que es trasmitido de manera oral, rondaba en el alma y la mente de: almaceneros, dueños de boutiques, cafés, puestos de diarios y otros lugares comunes a los barrios.
Valga como ejemplo decir que en la zona conocida como "de la Alameda", en el norte de la ciudad, muchos comercios aumentaron sus precios un quince por ciento y algunos ahorristas retiraron parcialmente sus fondos para comprar dólares. Hago esta mención para que se tenga una idea más acabada de los alcances que había tomado la difusión, pues estamos hablando de una de las tres zonas más importantes del distrito central.
Apoyados en el sentido previsor que presentaban estos lugares, poco tardó en correr la alarma por toda la metrópolis. Se tornó moneda corriente ver en las vidrieras cambiar el cartel de precios por otro incrementado en un porcentaje notoriamente mayor. Los bancos advertían con desconsuelo cómo mermaban, poco a poco, sus depósitos, especialmente el de los pequeños ahorristas.
Corrían los primeros soles de marzo.
El gobierno, obligado ante la magnitud que comenzaba a desplegar el infundioso trascendido, se vio en la necesidad de salir a la palestra. No podía permitirse que, este margen de un posible caos general, siguiera desarrollándose.
Tras varias reuniones de gabinete se elaboró el borrador de un discurso que luego el mismo presidente redondeó en su mansión de gobierno.
Dos días después, todas las emisoras de radio y televisión interrumpieron su transmisión ( recuerdo mi desagrado ante la imperdonable suspensión de la novena sinfonía), indicando que se integraban a la cadena nacional por la cual el presidente iba a dirigir un mensaje a todo el país.
Enmarcando todas sus palabras con una grave seriedad, no era para menos, nuestro presidente dijo entre otras cosas: "...Por eso quiero pedirles a todos que no pierdan la serenidad. La hora así lo aconseja...No hay fisuras en el gobierno...Tomaremos todas las medidas pertinentes para darle un corte definitivo a esta situación y volver así a los carriles normales de la economía".
Se trató sin duda de un hermoso y calculado discurso.
Pero no se había acertado a pronunciarlo a tiempo. La piedra ya había sido arrojada y no cesaría de rodar hasta dar contra su equívoco destino.
Jamás se vendieron tantos diarios como en aquella mañana siguiente. Los periódicos de estilo objetivo, titulaban en sus portadas, frases tales como: "EL PRESIDENTE LLAMO A LA SERENIDAD"; por el contrario, los matutinos de corte netamente sensacionalista, cubrieron su primer hoja con letras aún más grandes que las de su propio nombre, donde se podía leer: "ALARMA EN EL SENO DEL GOBIERNO" o "EL PRESIDENTE DESMIENTE FISURAS".
El efecto buscado por las autoridades cayó hecho añicos ante la desconfianza ya generalizada. La alocución presidencial, lejos de lograr estabilizar los mercados, precipitó una estruendosa estampida financiera.
En aquellos que, hasta la noche anterior, trataron de no dar lugar a los comentarios, sus intranquilos corazones aconsejáronles seguir el dicho popular: "Cuando el río suena, aguas trae", y sin más ni más salvar sus ahorros de la supuesta caída que se avecinaba.
Al amparo de otra cita tradicional: "A río revuelto, ganancia de pescadores", es comprensible que todos los grandes operadores de bolsa y mercados paralelos, aprovechando la creciente confusión, activaran todos los mecanismos a su alcance para obtener la mayor rentabilidad e incrementar así sus arcas. ¡Ya vendrían tiempos nuevos en los cuales actuar solidariamente!; no era éste momento para desperdiciar la ocasión.
El dólar duplicó su cotización; las tasas de interés eran ahora de tres dígitos; los precios variaban diariamente.
La economía navegaba ajena a todo timón.
Pronto renunció el primer ministro; exactamente el treinta y uno de marzo.
Dos semanas después, haría lo mismo el presidente.


Daniel Adrián Madeiro

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Publicado el: 16-10-2002
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